Las tecnologías forman parte de nuestra vida cotidiana y han transformado la manera en que nos comunicamos, nos relacionamos y accedemos a la información. Sin embargo, también pueden ser utilizadas para ejercer violencia de género, ampliando las posibilidades de control, vigilancia, intimidación o acoso.
La violencia en los entornos digitales no constituye una realidad diferente, sino una prolongación de las mismas dinámicas de poder y desigualdad que sustentan la violencia de género fuera de la pantalla.
Estas situaciones no siempre son fáciles de identificar. En muchas ocasiones comienzan con conductas que pueden parecer muestras de interés, confianza o preocupación, como pedir la ubicación, solicitar contraseñas, revisar las redes sociales, controlar con quién se habla o exigir una respuesta inmediata a los mensajes. Además, el desarrollo de nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, ha dado lugar a formas emergentes de violencia, entre ellas la creación de imágenes manipuladas, la suplantación de identidad o la difusión de contenidos falsos con el objetivo de humillar, amenazar o ejercer control.
Reconocer estas conductas es un paso esencial para la prevención. La tecnología no es la causa de la violencia; lo es el uso que algunos agresores hacen de ella para controlar, intimidar o vulnerar derechos. Promover un uso responsable de los entornos digitales y conocer nuestros derechos contribuye a construir espacios, tanto presenciales como virtuales, más seguros, igualitarios y libres de violencia.
Reconocer la violencia en los entornos digitales nos da fuerza para resistirla y exigir nuestros derechos.









